Todo en el tema del amor sigue siendo de nuestro agrado, claro, seguramente para unos más que para otros, pero definitivamente en algún momento de nuestra vida la experiencia con el amor se vuelve más significativa, ya sea por la persona con la que estamos, por nuestra edad, por lo difícil de la separación o simplemente porque lo que el amor causó en ti fue muy diferente a lo que habías sentido antes.

Uno puede darse cuenta que la vida está llena del drama amoroso, y no me refiero al drama como algo despectivo o como algo malo, sino que vivir el drama, es vivir apasionado por tu personaje, por conseguir el mejor escenario para verte actuar en él, por recibir las comodidades y dificultades de la vida,  por no aferrarte a hacer más tomas cuando la película ya se ha terminado  y sobre todo por jamás renunciar a vivir siendo amado y amar de manera congruente. Eso suena muy bien, quizás no sea tan complicado ¿verdad? Pero supongamos que sí lo es … que de pronto encontramos noviazgos donde todo iba muy bien y después del matrimonio ya no, relaciones que se dañan por un mensaje en facebook, parejas que se dividen por infidelidad y estadísticas que indican que los divorcios en nuestro país van en aumento muy al parejo del dólar.

Escuchamos solteros o solteras hablando de lo difícil que están las relaciones de pareja hoy en día y que definitivamente no hay nada que envidiarle a la amiga que ya no sale desde que se embarazó, o al amigo que empezó a trabajar dos turnos para terminar de pagar la casa antes de que lleguen los hijos. De pronto también escuchamos el cuento del amor lleno de rutinas o de mitos culturales y familiares, donde el matrimonio parece ser como armar una mesa siguiendo el manual de instrucciones: saque las piezas de la caja, ensamble la pata “A” con la pata “B”, etc…. es decir, ya lo que te toca, te toca. Ya era para ti, ya venía en la caja. 

Pero bueno, también hay mesas muy bien armadas, es decir relaciones amorosas realmente constructivas, sanas, amorosas, llenas de crecimiento y respeto de ambos. Recuerdo haber acudido a bodas donde no le dábamos mas de 3 meses de felicidad a los sonrientes novios, pero también bodas donde la historia de amor es simplemente mejor que el cuento del príncipe y la princesa del viejo continente. Historias que comienzan con la plenitud de ambos en lo individual, donde el “sí, acepto” es la frase más sencilla para la pareja, porque es sumamente amoroso y enriquecedor aceptar eso para una relación.

El trabajo personal es el encanto más seductor y la luz más brillante para tu cuerpo, porque trabajar en conocerte implica que no atropelles tu historia con escenas que no estaban planeadas, implica interesarte por aquello que te gusta y por aquello a lo que aun no le has dado respuesta.

Cásate contigo antes de proponerle a alguien más que se comprometa contigo, ya sea en lo simbólico o en lo concreto, no tiene que ver con cuán religioso te sientas.  Cásate contigo ahora que estás en una relación, ahora más que nunca, para que jamás se te olvide que la relación más importante en tu vida es la que tienes contigo, no me refiero solo a que te quieras mucho y te aceptes, que eso esta bueno también, me refiero a que tomes en cuenta lo siguiente:

Si tu no te conduces de manera honesta hacia contigo ¿por qué alguien más tendría que hacerlo hacia ti? Si tu no estas loco por tu sonrisa ¿porque alguien más tendría que volverse loco con tu sonrisa?

Podrías entonces hacer este compromiso:

Yo (tu nombre) me acepto a mí, prometiendo serme fiel en lo prospero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, para amarme y respetarme todos los días de mi vida, digo, en caso de que quieras utilizar una guía, pero si andas más inspirado también están tus propios votos, esos que innegociablemente tendrían que estarte acompañando todo el tiempo, para recordarte que después del “YES I DO” o del “Sí acepto” sigues estando tu.

La vida es una invitación, tu sigues decidiendo qué invitaciones aceptar, cuantas rechazar y cuáles cancelar.

Bienvenido a mi blog, con cariño Cynthia.